El plano revela una estructura urbana condicionada por su accidentada topografía, típica de las poblaciones de la Subbética. Se distingue con claridad el núcleo originario de trazado medieval e irregular, situado en una zona elevada y rodeado por restos de fortificaciones. Coello documenta la expansión de Priego hacia zonas más llanas, con calles más amplias y rectas que contrastan con el abigarrado casco antiguo.
En cuanto al entorno natural, el plano resalta la abundancia de agua, elemento identitario de la localidad, mediante la rotulación de numerosas fuentes y el aprovechamiento del relieve para la agricultura de regadío en sus márgenes.
La leyenda del plano identifica los centros neurálgicos que definían la vida social y administrativa de la época. Destacan la Parroquia de la Asunción y Sagrario (1), así como una densa red de ermitas (de la Aurora, del Carmen, de las Mercedes) e iglesias conventuales (San Antonio, San Juan de Dios), que reflejan el peso histórico de la Iglesia en la villa. Se señalan edificios clave como la Cárcel y Ayuntamiento (17, por concluir en aquel momento), el Pósito (18) y el Teatro (19), indicativos de una burguesía activa y una administración local organizada. La presencia del Castillo en el corazón del Barrio de la Villa recuerda el pasado estratégico de Priego como plaza fuerte.
Un aspecto geográfico-económico fundamental en el mapa de Coello es la representación de la proto-industria local. En la periferia y aprovechando los cursos de agua, el plano sitúa diversos molinos harineros y una fábrica de curtidos. La mención a la "Fábrica de paños" y la vitalidad comercial sugerida por la Plaza de la Constitución (20) concuerdan con los datos de Madoz sobre la histórica importancia de la industria textil en Priego.
Integrado en la "tercera hoja" de las provincias andaluzas, este plano de Priego no es un elemento aislado. Coello detalla los caminos que parten de la villa hacia Córdoba, Granada o la Ermita del Calvario, posicionando a la localidad como un nodo de comunicación esencial entre la sierra y la campiña.
En resumen, el plano de 1855 es el testimonio de una ciudad que, sin perder su fisonomía señorial y barroca, se estaba adaptando a las estructuras del Estado Liberal, consolidándose como uno de los núcleos urbanos más prósperos y complejos de la provincia de Córdoba.